tres poemas de El hundimiento. de Manuel Vilas

“El hundimiento” Manuel Vilas (Visor Libros)

THINK IT OVER

Piénsalo, a nuestra edad ya no saldría bien.
Cada uno viviendo en su casa es mucho mejor, habrá más deseo.
Para qué quieres hacerme el desayuno, eso da igual.
Yo creo que eso no ha funcionado nunca, pero la gente
cumple años, y se dejan llevar, porque enseguida
te mueres, y si cumples los sesenta, qué más da.

Cenamos los viernes.
Nos llamamos entre semana, jugamos.
Nos mandamos fotos eróticas por el guasap.

Cómo me iba a ir con una de treinta
si son todas tontas, ambiciosas y sin talento.

Cómo te ibas a ir tú con uno de treinta
si son todos tontos, grandilocuentes y calvos.

Piénsalo, piénsatelo mientras te vistes.

BERLÍN

Quiero irme de esta casa donde fueron concebidas nuestras hijas.

Quiero que todo muera conmigo.

Quiero ver cómo mueren todos los seres humanos, uno tras otro.

No perderme la muerte de nadie: viejos, viejas, niñas, hombres
de mediana edad, recién nacidos, mujeres con el cráneo
reventado en maravillosos accidentes de tráfico
dentro de las inabarcables autopistas de todo el mundo,
que dominan el espacio.

Quiero que desaparezca la memoria de la especie
y regrese el orden cósmico: sin vida las grandes
pasiones espaciales, sin vida las galaxias, los planetas,
el firmamento, las estrellas, sin vida en el infinito pesado,
rocas, gases, tinieblas, oscuridad, lejanía, sin vida.

Sin vida, pero siempre esperando el regreso de la vida.

Nunca me quisiste, quisiste un orden moral, no a mí.
¿Qué haces ahora con ese, dormís juntos, coméis juntos?
¿Te acuerdas de mí? Conozco tu piso, tu cama, tu cocina,
el agua mineral que bebes, la más cara, claro, eres tú.

¿Te acuerdas de cuando me mordías el cuello y las manos?

Es para morirse de risa.

Ahora se lo estarás haciendo a ese otro, sé quién es.

Un tipo mejor colocado en las radiantes jerarquías de la tierra.

Eso era todo lo que buscabas, menuda comedia.

Niña tonta y sin talento, dándoselas de artista.

Escucho esa canción Berlin porque la oíamos juntos,
mientras cenábamos con luz de velas
y bebíamos Dubonnet con hielo
en la terraza de tu casa, cuando llegaba el mes de junio.

¿O no era contigo? ¿Con quién era?
Me falla tanto la memoria, y qué hermoso perderla.

Si pierdo la memoria, qué pureza y cuánta justicia social.

Creo que nunca amé a nadie, ni siquiera a mí mismo.
La pereza de amarse a uno mismo.

Y luego esa larga, incolmable apetencia
por destruirlo todo para ver cómo arde,
para ver en el fuego alguna clase de verdad.

Era grandioso. Era el Paraíso.

Niña, me creí Clint Eastwood for a day.

EL TERROR

Mucha gente se queda sola en la vida
Están en sus pisos, viendo pasar las estaciones.

Algo fallo, algo salió mal.

En los estíos,
salen a las pequeñas terrazas
de sus pisos
con sus hipotecas ya pagadas
finalmente,
y eso les da un brillo en los ojos.

Envejecen.
No son mayores, cincuenta años tal vez.
Cincuenta y dos, o cuarenta y nueve,
qué más da
cuando se está solo
y se sabe que se estará así ya para siempre,
como un parado de larga duracion.

El pacto con la soledad está funcionando,
se dicen mientras miran las farolas a lo lejos
y los coches pasando por debajo.

Mirar farolas es amor también.

Contarlas es más amor aún.

A veces recuerdan y esa es una noche de insomnio.

Las pastillas, la televisión, el movil, la cartera, un libro
en la mesilla, la luz del baño, pálida, absurda,
y la memoria convertida en el Terror.

Buenas noches, Terror.
Deja que te bese como si fueras mi marido;
eres lo único que tengo, my darling

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